lunes, 2 de marzo de 2015

Sobre ríos e inundaciones

Recojo a continuación tres artículos de opinión que han aparecido en los últimos días en la prensa española y en las redes sociales, a raíz de las inundaciones ocurridas sobre todo en el Ebro.

Las 'limpiezas' o 'dragados' de los ríos, tan inútiles como peligrosos

Alfredo Ollero y Camino Jaso León (Centro Ibérico de Restauración Fluvial)
Sábado, 9 de Febrero de 2013 -

Parece que este invierno va a ser un invierno excepcional, con mucha precipitación y por tanto con varias y seguidas crecidas en nuestros ríos, algunas de ellas de carácter más extraordinario. Tan reiteradamente como dichas crecidas, hemos escuchado innumerables peticiones que reclaman limpiar el cauce. Esta solicitud popular, tan errónea como abrumadoramente unánime, es a menudo amplificada por los medios de comunicación, que por falta de fuentes accesibles para contrastarla, frecuentemente muestran la visión de los afectados, a falta de argumentos de índole científico técnica o simplemente de algunos afectados con más criterio y objetividad.

La idea de que hay que limpiar o dragar el río quizás está tan enraizada porque en el pasado reciente los cauces se arrasaban sin contemplaciones, sabiendo que no servía de nada, a modo de actuación placebo, para tranquilizar a los ribereños y en ocasiones con el único objetivo de ganar votos con actuaciones que en esa época todavía pocos cuestionaban. Así, las diversas administraciones han ido ejecutando o autorizando actuaciones que, bajo el pretexto lógico y loable de proteger bienes y personas ante episodios de inundación, han supuesto frecuentemente bien para hoy pero mal para mañana, además de una importante afección ambiental en los ecosistemas acuáticos y ribereños.

A pesar de su demostrado anacronismo, todavía hoy se siguen haciendo estas actuaciones cuando se consigue regatear las trabas ambientales. Así, no faltan gestores públicos que se acogen a procedimientos de emergencia (a menudo sinónimo de ausencia de control) tras cada crecida para meter las máquinas dragadoras, bajo una situación de grandes presiones económicas y dinero público disponible para las contratas.

Cuando se pide limpiar un río no se pretende liberarlo de basuras, sino eliminar sedimentos, vegetación viva y madera muerta, elementos naturales del río y fundamentales para su dinámica. Se demanda, en suma, agrandar la sección y reducir la rugosidad para que el agua circule en mayor volumen sin desbordarse y a mayor velocidad. Cuando esto ocurre, los daños en el río son innumerables. Dichos daños justificarían ya por sí solos la prohibición radical de estas prácticas. Pero es que, además, y éste es un aspecto que nos interesa recalcar, las limpiezas son acciones que nada benefician a los que las demandan.

En las primeras horas de la siguiente crecida el río volverá a acumular materiales en los huecos limpiados. En ríos como el Ebro y los tramos bajos de sus principales afluentes navarros, eliminar una capa de gravas de su lecho aumenta mínimamente la sección de la corriente desbordada, un efecto a toda vista despreciable. Por ejemplo, en el Ebro si se dragara rebajando 1 metro el lecho, para una crecida de 2.000 m3/s como la de estos últimos días y teniendo en cuenta el campo de velocidades, tan solo bajaría el nivel de la corriente unos 8 centímetros en la misma sección dragada. Y si se quiere mantener este pequeño efecto habrá que seguir limpiando una y otra vez. En 2010 se dragaron un total de 126.000 m3 de gravas en el tramo aragonés del Ebro (entre Gallur y Cabañas) y hoy durante la crecida se pide con insistencia que se vuelvan a dragar los mismos puntos. Limpiar o dragar el río es tirar el dinero, un despilfarro que no puede admitirse en estos tiempos.

Pero sobre todo hay que señalar que los dragados pueden provocar efectos secundarios muy negativos: erosión remontante (erosión hacia aguas arriba del tramo dragado), incisión (hundimiento del cauce), irregularización de los fondos, descenso de la capa freática (y por tanto desecación de pozos de riego), descalzamiento de puentes y escolleras, colapsos si hay simas bajo la capa aluvial, etcétera.

Precisamente los estudios geomorfológicos que se han llevado a cabo en el río Arga, entre ellos en la zona de Peralta-Funes, han demostrado que los dragados a los que se han visto sometidos estos ríos en el pasado están provocando serios problemas de incisión del cauce. Como resultado de esto, se empiezan a observar problemas de descalce en las zapatas de los puentes y un descenso en el nivel freático que afecta a los pozos de los que se abastecen los regadíos y las poblaciones ribereñas.

Otra idea reiterativa e igualmente errónea es la percepción de que el cauce se ha elevado. Esta percepción es falsa, ya que donde haya crecido alguna playa o isla, el cauce habrá profundizado al lado, en el mismo punto, para compensarlo. También se dice recurrentemente que con crecidas pequeñas cada vez se inundan más campos, cuando lo que ocurre es que las motas y defensas, al comprimir el flujo, inyectan con fuerza el agua a las capas subterráneas, inundándose desde el freático terrenos muy alejados del cauce.

Hay que desterrar los viejos patrones culturales sobre el funcionamiento de los ríos y sobre el tratamiento de los riesgos de inundación e ir adquiriendo nueva información y educación al amparo de los conocimientos actuales y los nuevos retos que plantean las actuales directivas.

Nos consta que las autoridades ambientales navarras, junto con algunas de las entidades locales más afectadas por este tema, así como diversos colectivos implicados, han hecho un esfuerzo de consenso tras varias largas sesiones de trabajo. Se ha adelantado mucho trabajo en el sentido de aprender a convivir con el río sin llevar a cabo las actuaciones tradicionales (embalses, motas, dragados…) que a todas luces se han demostrado ineficaces.

Son las crecidas las que limpian los cauces y mantienen la vegetación a raya. Tras estas crecidas, este verano habrá menos algas y menos riesgo de proliferación de especies invasoras, como la mosca negra. Con menos regulación, más espacio para desbordarse y más crecidas, el río funcionará mejor y nos dará más beneficios. Dejemos de demandar limpiezas. En la actualidad, frente a la ineficacia de estas medidas, la Directiva Europea de Inundaciones aboga por la renaturalización de los ecosistemas fluviales a través de la recuperación de las llanuras naturales de inundación como vía de laminación de las avenidas. En esta línea se han desarrollado experiencias en Holanda y Alemania, al igual que las que se están realizando en la propia cuenca del Arga y Aragón y en algunos tramos del Ebro. Ese es el futuro. Si desaparecen ciertas funciones ecosistémicas de los ríos, se pone en riesgo la disponibilidad de agua de calidad y peligran la mayoría de lo usos que actualmente hacemos de ellos, a la par que se hipotecan usos potenciales futuros.

Así pues, urge una buena ordenación y gestión de estos espacios que, por supuesto, puede y debe incluir labores de conservación y mantenimiento de cauces, donde -entre otras acciones en pro de la conservación-, tendrían lugar acciones de limpiezas puntuales de puentes e infraestructuras. Si a esto añadimos una política eficaz y rápida de indemnizaciones para los años excepcionales, y más las campañas de información y participación, el problema de las crecidas quedará paliado y los ríos ganarán en salud, lo cual siempre revierte en la mejora de los múltiples servicios que nos prestan.


Fuente: Noticias de Navarra
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Sorprendentemente las zonas inundables... se inundan


Pedro Brufao

Actualizado miércoles 31/07/2013

Las inundaciones en los Pirineos han vuelto a sacar a la luz pública las consecuencias del mal uso del territorio y de la falta de respeto a las zonas inundables, cuyos daños hemos podido apreciar una vez más. Las imágenes de sus efectos nos muestran que el río vuelve a esgrimir sus escrituras y recuperar así el territorio que le es propio, algo que nos recuerda con qué facilidad podríamos lamentar otro Biescas u otro Badajoz.

Lejos de felicitarnos por los múltiples beneficios que nos aportan las espectaculares crecidas de nuestros ríos pirenaicos, como la recarga de acuíferos y la regeneración natural de la cuenca, la opinión pública mayoritaria, parte de los medios de comunicación y muchos responsables públicos se dedican a echarle la culpa a la naturaleza. Es la posición típica y frecuente de los que no quieren reconocer sus errores y de los que quieren seguir obteniendo beneficios de la especulación sobre territorios en riesgo permanente.

Los ríos pirenaicos han vuelto a hablar muy claro, como lo hicieron en octubre del año pasado. Han vuelto a dibujar sus límites y a imponer su lógica natural, a demostrar la inutilidad de tantos encauzamientos, de tantas escolleras, de tantas limpiezas y dragados, que además agravan las consecuencias de las inundaciones periódicas, pues al estrecharse el cauce artificialmente, el agua con las rocas y sedimentos sale con mucha más fuerza cuando se termina la "rectificación" del cauce, mientras que debido a las motas y escolleras se impide que el agua retorne al cauce principal y al comprimir el flujo y al aumentar la presión del agua esta se inyecta en el subsuelo haciendo que las aguas subterráneas afloren a mucha distancia del río, inundando paradójicamente terrenos fuera de la zona inundable.

Por otra parte, las presas de laminación de avenidas no sirven para los grandes períodos de crecidas y dan una falsa sensación de seguridad que incita a seguir construyendo en zonas inundables, como hemos visto de nuevo en la cuenca del Guadiana este invierno, repleta de enormes embalses. Los embalses, al laminar las avenidas ordinarias reducen artificialmente el territorio fluvial, lo que agrava la inundación cuando vuelven las lluvias intensas.

Cada vez con más frecuencia

No hay duda científica alguna sobre las causas y los efectos agravados de las inundaciones, difundida desde las Universidades y entidades ciudadanas como la Fundación Nueva Cultura del Agua y Ríos con Vida.

Sin embargo, ante esta evidencia se pide insistentemente que se "limpie" el río y por la vía de urgencia. Por limpiar no se entiende librar de basura y contaminación un río, sino arrasarlo mediante el ensanchamiento del cauce y la construcción de escolleras, tapándose los ojos ante el hecho objetivo de que el aporte de sedimentos hará inútil tal dispendio de fondos públicos, derroche que se agrava por emplear la contratación por la vía extraordinaria y urgente para sucesos perfectamente estudiados y propios del clima y la geografía del lugar, que como consecuencia del cambio climático tenderán a repetirse con mayor frecuencia.

Al igual que ocurre con las sequías, en España se tratan las crecidas naturales de los ríos, propias e intrínsecas de un territorio, comosucesos extraordinarios que necesitan una respuesta urgente, sinónimo de falta de control en su licitación, y que nos sale muy cara.

El Consorcio de Compensación de Seguros y el Consejo de Estado tratan también de forma extraordinaria estos fenómenos recurrentes y ordinarios, lo cual no deja de ser un modo de subvencionar con el dinero de todos el frecuentemente pésimo urbanismo de las últimas décadas, que ha ocupado las zonas inundables con viviendas, naves industriales, carreteras, vías de ferrocarril, cámpings o aeropuertos, llegando incluso a cubrir los ríos, convirtiéndolos en alcantarillas para edificar encima. Hablando de subvenciones, el vertiginoso aumento de la superficie del olivar en la cuenca del Guadalquivir a golpe de subsidio de la UE agrava la importante erosión que ya padece esta cuenca y las inundaciones de Córdoba, Jaén y Sevilla, aportando cada año millones de toneladas de suelo fértil a un río que ha perdido sus funciones ecológicas más elementales.

En contra de la Unión Europea

El urbanismo sin control y la inutilidad y despilfarro que estas obras suponen vulneran la normativa vigente. La UE ha constatado esta realidad y apuesta por la gestión del territorio fluvial sin recurrir por sistema a tales obras de dragado y encauzamiento. Tanto la Directiva de Inundaciones como los documentos de la Comisión Europea abogan por el respeto del territorio fluvial, librándolo de construcciones en la medida de lo posible, lo que reducirá los efectos perniciosos de las inundaciones.

Las últimas reformas en la legislación del suelo nacional no han impedido que la avalancha del ladrillo siga produciendo sus efectos, como afirma el Defensor del Pueblo en un conocido informe sobre agua y territorio. A pesar de todo, contamos con muy buenas experiencias en Guipúzcoa, donde se han eliminado decenas de azudes que subían la lámina de agua y se han alzado puentes que constreñían el cauce, formando auténticos embudos, mientras que en la cuenca del Duero, en el Órbigo y el Tormes entre otros ríos, se han eliminado y alejado del cauce motas y escolleras y su nuevo plan de cuenca recoge algunas medidas querompen con el obsoleto modelo tradicional, algo que también se ha hecho de modo incipiente en la cuenca del Ebro.

Asunto de competencias urbanísticas

También son de destacar las recientes sentencias del Tribunal Supremo que libran de la urbanización a la sevillana Dehesa de Tablada por su carácter inundable, donde se querían levantar veinte mil viviendas o su sentencia sobre la zona inundable de Perales de Tajuña (Madrid). Esto contrasta con casos como los del barrio pamplonica de Rochapea, sito en plena llanura de inundación del Arga, la urbanización de las vegas inundables de Martorell (Barcelona), el aeródromo de Caldas de Reyes (Pontevedra), las vegas del Guadarrama (Madrid), el río Rato de Lugo o el aeropuerto de Córdoba. Ejemplos así hay miles.

La visión esperpéntica y deformada de quienes han de gestionar las cuencas quizás convenga económicamente a algunos, bien conectados con los organismos de cuenca y con los departamentos de obras públicas y urbanismo, y puede que suponga un efecto placebo a corto plazo para parte de la opinión pública, pero se le hace así un flaco favor al interés general, a la vida y a las propiedades de los ciudadanos, que aunque no lo sepan viven y trabajan en zonas de riesgo.

El respeto a las competencias urbanísticas y territoriales de las Comunidades Autónomas y Entes Locales no conlleva hacer la vista gorda ante esta situación y huir hacia ninguna parte; para este extraño viaje sobran enrevesados conflictos competenciales que tratan de esconder la incompetencia y la debilidad de carácter, a la vez que se echa en falta una atenta coordinación administrativa, la adopción de las medidas cautelares necesarias y la ejecución de las sentencias, haciendo caso de una vez a los estudios científicos y dotándose de una buena dosis de sentido común: Las zonas inundables… ¡se inundan!

Los ríos nos han enseñado de nuevo dónde nunca debemos construir. ¿Aprenderemos de aquí en adelante? ¿Los responsables de gestionar el territorio serán capaces por fin de renunciar a peligrosos desarrollos urbanísticos y abordarán de una vez para siempre una planificación del espacio adaptada al riesgo y fundamentada en el principio de precaución?.


Artículo elaborado por Pedro Brufao, Leandro del Moral, Askoa Ibisate, Narcís Prat y Alfredo Ollero, profesores respectivamente de las Universidades de Extremadura, Sevilla, País Vasco, Barcelona y Zaragoza.

Fuente: El Mundo
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Devolver su espacio a los ríos, clave para reducir las crecidas
Antes las numerosas inundaciones y crecidas habidas durante los últimos días en la mitad norte del país, el investigador señala que los problemas derivan en numerosas ocasiones de los diques (de tierra compactada), que “dificultan el desbordamiento de los ríos”.

Publicado por: Marina Segura Ramos 27 febrero, 2015 Madrid

Los diques y embalses tienen "muchas deficiencias" en la gestión de crecidas e inundaciones, afirma en una entrevista con EFE el científico y profesor de geografía física Alfredo Ollero, que propone "imitar" al río, dejándole espacio para desbordarse.

Antes las numerosas inundaciones y crecidas habidas durante los últimos días en la mitad norte del país, el investigador señala que los problemas derivan en numerosas ocasiones de los diques (de tierra compactada), que “dificultan el desbordamiento de los ríos”.

Además el agua discurre tan “constreñida” que se inyecta a la capa freática y, consecuencia de ello, se inundan también los campos de cultivo más lejanos al propio río.

Los sistemas humanos de defensa “son poco útiles y muchas veces contraproducentes cuando hablamos de ríos de llanura (no de montaña)”, añade Ollero, autor de una guía metodológica sobre buenas prácticas en gestión de inundaciones.

Estudios científicos y técnicos realizados en todos los países desarrollados demuestran un continuo aumento en los daños económicos por inundaciones, pese al incremento de medidas estructurales (presas, diques, escolleras) para controlar las crecidas.

Ante las crecidas, afirma el profesor de la Universidad de Zaragoza, el Sistema Automático de Información Hidrológica (SAIH) de las confederaciones hidrográficas es “muy bueno” y permite predecir con suficiente antelación.

Otra cosa es cómo se gestionan los embalses para reducir la punta de las crecidas -con desembalses parciales-, un sistema que “tiene ventajas y desventajas”.

De un lado, “se logra bajar la punta, pero la crecida sale escalonada y dura más tiempo, lo que suele causar inundaciones muy prolongadas que generan más daños en cultivos y zonas anegadas”.

Por todas estas razones, el investigador es partidario de “imitar” al río para minimizar los perjuicios.

Los cursos fluviales “tienen que tener crecidas y disponer de su propio sistema para regular las crecidas: desbordarse. Hay que devolver espacio al río, echar las defensas hacia atrás”.

“Cuánto más espacio tenga el río, mejor se autorregulará y generará menos daños en las zonas externas”, aunque “lógicamente habría que cambiar usos del suelo dentro de esa zona no protegida”.

Entre las alternativas menciona plantaciones compatibles con las inundaciones, por ejemplo choperas, o apostar por usos ganaderos.

Recuerda, en este contexto, que a comienzos de siglo ni se construía ni se cultivaba tan cerca de los cauces, pero a partir de los años 60 ó 70 esto cambia en muchas zonas del país.

Por último, denuncia la posibilidad de dragar los ríos -como están proponiendo actualmente algunas administraciones para luchar contra estos fenómenos- por el serio daño medioambiental que implica para el ecosistema, entre otras razones porque el río, no solo es solo agua que se observa, concluye.


Fuente: Efeverde

Fuente: www.navarra.es

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